Πέμπτη, 2 Μαΐου 2013

Rosa Montero-La ridícula idea de no volver a verte


“La ridícula idea de no volver a verte”, Rosa Montero, Seix Barral Biblioteca Breve

Te confieso que tengo una idea de lo que quiero hacer con este texto, pero ¿se mantendrá el proyecto hasta el final o aparecerá cualquier otra cosa? Me siento como ese pastor del viejo chiste que está tallando distraídamente un trozo de madera con su navaja, y que cuando un paseante le pregunta, “¿Qué figura está haciendo?”, contesta: “Pues, si sale con barbas, san Antón y si no, la Purísima Concepción.” (pag. 10)

Si te fijas bien, es posible que Fernando Pessoa se refiera a eso en sus célebres versos: “El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que llega a fingir dolor del dolor que de veras siente.” (pag. 16)

En los primeros días (después la muerte), la gente dice: “Llora, llora, es muy bueno”, y es como si te dijeran: “Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga el pus.” Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en el shock, extenuada y fuera del mundo. Pero después, enseguida, muy pronto, justo cuando tú estás empezando a encontrar el caudal aparentememte inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y de optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena. Porque se dice precisamente así: Fulano aún no se ha recuperado de la muerte de Mengana. Como si se tratara de una hepatitis (pero no te recuperas nunca, ése es el error: uno no se recupera, uno se reinventa). (pag. 29-30)

En el origen de la creatividad está el sufrimiento, el propio y el ajeno. El verdadero dolor es inefable, nos deja sordos y mudos, está más allá de toda descripción y todo consuelo. El verdadero dolor es una ballena demasiado grande para poder arponeada. (pag. 31)

Todos necesitamos la belleza para que la vida nos sea soportable. Lo expresó muy bien Fernando Pessoa: “La literatura, como arte en general, es la demostración de que la vida no basta.” (pag. 32)

Querría poderme beber, como un vampiro, todos sus momentos de felicidad. (pag. 69)

...con el tiempo he descubierto que la normalidad no existe, que no viene de la palabra normal, como sinónimo de lo más común, lo más abudante, lo más habitual, sino de norma, de regulación y de mandato. La normalidad es un marco convencional que homogeneiza a los humanos, como ovejas encerradas en un aprisco, pero si miras desde lo suficientemente cerca, todos somos distintos. (pag. 82)

... en 1925, un falso doctor llamado William Bailey patentó y comercializó un producto llamado Radithor, consistía en una solución de agua con isótopos radiactivos y supuestamente curaba la despepsia, la impotencia, la presión arterial elevada y “ciento cincuenta enfermedades endocrinológicas más”. Dos años más tarde, un millonario y campeón de golf llamado Eben Byers empezón a tomar el Radithor por prescripción médica para tratar un dolor crónico en el brazo. Por lo visto al principio declaró que se sentía rejuvenecido (¡lo que es la sugestión!) pero en 1932, después de haberse tragado entre mil y mil quinientas botellas de tónico a lo largo de cinco años, Byers murió físicamente deshecho: anemia severa, destrucción masiva de los huesos de la mandíbula, del cráneo y del esqueleto en general, delgadez extrema y disfunciones en el riñon. Se organizó un escándalo y las autoridades tomaron medidas. Pero resulta increíble que nadia actuara antes: supongo que había demasiados intereses en juego. ¿No te inquieta pensar cuál será hoy nuestra radiactividad autorizada, que sustanciás legales nos estarán matando estúpidamente? (pag. 105)

El cerebro es así. Teje la realidad, constuye el mundo. (pag. 116)

¡Y ahora escucha! Lo que acabo de hacer es el truco más viejo de la Humanidad frente al horror. La creatividad es justamente esto: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza. El arte en general y la literatura en particular, son armas poderosas contra el Mal y el Dolor...
...Aplastamos carbones con las manos desnudas y a veces conseguimos que parezcan diamantes. (pag. 119)

Hace unos años publiqué un microrelato sobre el tema. Se titulaba “Un pequeño error de cálculo”:
Regresa el Cazador de su jornada de caza, magullado y exhausto, y arroja el cadáver del tigre a los pies de la Recolectora, que está sentada en la boca de la caverna separando las bayas comestibles de las venenosas. La mujer contempla cómo el hombre muestra su trofeo con ufanía pero sin perder esa vaga actitud de respeto con que siempre la trata; frente al poder de muerte del Cazador, la Recolectora posee un poder de vida que a él de sobrecoge. El rostro del Cazador está atirando por la fatiga y orlado por una espuma de sangre seca; mirándole, la Recolectora recuerda al hijo que parión en la pasada luna, también todo él sangre y esfuerzo. Se enternece la mujer, acaricia los ásperos cabellos del hombre y decide hacerle un pequeño regalo: durante el resto del día, piensa ella, y hasta que el sol se oculte por los montes, le dejaré creer que es el amo del mundo. (pag. 157)

...vamos perdiendo facultades y la vida nos empuja sin que nos demos cuenta hacia las vías muertas. La última vez que uno sube a una montaña. La última vez que bucea. La última vez que juega un partido fútbol con los amigos. Por lo general, uno no sabe que es la última vez mietras lo hace. Es el tiempo el que se encarga de despedirnos retrospectivamente de nuestras posibilidades. La última vez que uno hace el amor...(pag. 183)

Y con esta sencillez acabó todo. Salvo en las operas y los melodramas, la muerte es un anticlímax. (pag. 191)

Te confieso que he cortado dos párrafos que había incluido en la primerísima versión de este libro; dos fragmentos que contaban algo de Pablo. Esto es, me he censurado. (pag. 194)

El tuétano de los libros está en las esquinas de las palabras. (pag. 196)


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